Aún no habÃa llegado al Paseo de San Antonio cuando se cruzaron nuestras miradas. Esos ojos verdes me habÃan cegado por completo, pero los perdà de vista. Decidà tomar algo antes de empezar. Apuré la infusión de un sorbo y saqué la cartera para pagar.
– Una chica de ojos verdes te ha invitado.
Salà corriendo del bar, pero fuera no habÃa nadie. La San Silvestre aún no habÃa comenzado, menos mal. Cerré los ojos. Enseguida los abrÃ. Imposible concentrarme recordando aquella mirada.
– Hola.
¿Estaba soñando?
– Las miradas no sólo miran, también hablan.
¿Cómo?
Me despertó el griterÃo. ¿HabÃa sido todo sido un sueño? De repente, vi que tenÃa un papel en el bolsillo de mi pantalón:
«Mis ojos no son verdes, uso lentillas. Como te dije, con la mirada, además de mirar, puedes hablar. Pero también puedes ver la carrera del color que te apetezca».