Tengo que correr, aunque no tenga esperanzas de llegar al final, aunque todo esté en mi contra, aunque me digan que no merece la pena. La carrera es una parábola de la vida, esa a la que venimos sin manual de instrucciones y en la que debemos encontrar un sentido sin saber si lo hacemos bien o mal. Tengo que correr porque la otra opción es peor, mucho peor: rendirse, bajar la cabeza y aguantar como te pisotean o ver como invaden un país para robarles la tierra y matan de hambre a su gente y callar. Cuando en mi lecho de muerte mire atrás, no sentiré ninguna pena porque lo habré intentado, no habré llegado primero, ni segundo ni siquiera tercero. Eso da igual. A veces lo importante es el camino y no el destino.