Situemos los acontecimientos un día antes de cambiar la última hoja del almanaque. Entre los miles de dorsales que ocupan las calles de la capital salmantina en la popular carrera, y cerrando el pelotón de valientes que se enfrentan a los fríos castellanos, destaca la imagen de Manuel, cuarenta años cargados al lomo de la vida, abrazado a la mano de su hijo Diego.
Cuentan los que lo vivieron que la escena era de esas que te ponen el corazón a punto de yema, y que no hubo espectador que no batiera palmas de emoción para homenajear los esfuerzos de la pareja.
Porque corriendo más que su ceguera, para dejarla atrás y sentir la vida en el rostro, no faltaron a su promesa. Que por ser, me refiero a la promesa, de esas que te haces a ti mismo, no puedes dejar sin cumplir.