Me preparé mentalmente: visualicé el momento crucial, practiqué el gesto para el arranque, incluso anoté el ritmo ideal. La manada estaba reunida, una masa compacta, pero el líder se ocupaba de tareas relevantes, solo, en el centro de la calle. El asfalto lucía despejado, esperando el impacto. Los animales más ágiles, esos guepardos de rodillas finas, se estiraban a mi lado, sin molestar con sus trotes nerviosos.
Respiré hondo, contuve el aliento y tragué saliva. Mi corazón latía como un tambor contra mi pecho, casi reventando el dorsal. Levantar la mirada se sintió como un acto de heroísmo, una exposición innecesaria ante todos esos miles de ojos que esperaban la señal.
La voz, entrenada para sonar firme y segura, apenas se articuló por el nudo en la garganta:
— Y así, le gané a los mejores de mi barrio.