Mis ojos han ardido ante siete lunas bermejas y centauros zainos y el grito macilento de un convicto perforando la placenta de una loba y una aurora de niebla huyendo de bandidos y duelos atroces entre sátiros y faunos y una noche entera de vigilia surcando campos de naranjos y calaveras enfermas de ceguera y el ojo de un cíclope que lagrimaba vino tinto y vinagres agrestes y silencios y madres lavando el barro del fracaso en la mirada de sus hijos y un hollín huraño de nostalgia en el semblante del vencido y fauces que vomitaban carne cruda y majuelos secos de esperanza y un dolor opaco en las vísceras y los lances acerbos donde burlé a la vil guadaña de la muerte y aceros aciagos y la nada.
Mientras mis ojos se calcinaban, mis piernas corrían,
y corrían,
y corrían…