Solo por la insistencia de mi padre decidà correr, sabÃa que era una perdida de tiempo, desde los dieciséis corrÃa con mis amigos pero siempre quedaba en último lugar. Está vez, mi padre no me dio su aburrido discurso, solo me abrazó y se fue con una enorme sonrisa.
—¡Si puedo! —escuché a uno de mis amigos que me rebasó al comienzo de la carrera.
—¡Yo si te alcanzo! —me dijo otro chaval.
—¡Presumido! —gritó otro empujándome con el hombro.
Cada chico que me rebasaba me insultaba, ¡no lo podÃa permitir!, sentà adrenalina en mis venas y comencé a rebasar a todos esos engreÃdos hasta que alcancé al último y si, gané La San Silvestre.
En el podio de ganadores, un juez me quitó de la espalda un letrero, que, me confesó mi padre después, me colgó antes de iniciar la competencia, este decÃa:
¡A QUE NO ME ALCANZAN!