Un vistazo a la carrera; un rostro que me clava los ojos entre la multitud, y en mi cerebro se encienden todas las alarmas. Era ella. La mujer que me fascinó años atrás, y que perdÃ, al desencontrarnos entre la muchedumbre de esa estación de tren. La que busqué por años en vano, al ignorar su apellido.
Mis pies se vuelven de plomo, y al cabo me detengo. Regreso a contramano de la San Silvestre, y la busco entre el gentÃo. Y allà está.
Es ella… Dios mÃo, sÃ, es ella…
Nos miramos petrificados, y ella deja caer sus primeras lágrimas. Luego caen las mÃas. Cruzo las vallas y nos abrazamos con desesperación. Luego no la beso: la devoro. La gente sonrÃe y aplaude a nuestro alrededor.
– Dime que no estás casada…
– ¿Con quién, si desapareciste? –solloza.
No sé quién cruzó la meta primero. Sé que gané yo.