27 DE DICIEMBRE DE 2026

El eterno dorado seco que se extendía bajo mis ojos, el sabor de las obleas con helado que preparaba abuela y todo su ganado dibujando formas en el horizonte. Así eran los veranos, cuya banda sonora eran las risas de toda mi familia y el chapotear en el agua de la charca con mis primos. Es el aroma, el color y el tacto de mi infancia. Todos estábamos contentos. Hoy aprieto el nudo de mis zapatillas de atleta aficionada con algo de rabia. Beso la foto que enmarca la antigua finca de mis difuntos abuelos y me repito que este año correré la San Silvestre Salmantina en honor a lo que devoraron las llamas.