Se estremecen los músculos con el movimiento. La carrera, que recién se alumbra, dibuja una estela de trazo etéreo impreso con cada zancada. El oído y el olfato, a merced de los golpes de aire, anuncian y despiden nuestro tránsito de manada solitaria por el empedrado de la ciudad estudiantil. Un tránsito de médula nómada que nos recuerda que un sudor pretérito ya regó la tierra de la que ahora fingimos huir. Inmersos en el lapso acelerado de la vida que es el correr, reconocemos humildes que no serán nuestras frentes las últimas que viertan este fin de año su fatiga gozosa. Crispado el cuerpo desde la primera falange del pie hasta la nuca, siempre habrá un hombre o una mujer con el sacrificio prendido del alma y una meta por alcanzar.