27 DE DICIEMBRE DE 2026

Cada mañana me levantaba, me enfundaba en mi ropa de deporte y salía a entrenar. No dejaba de repetirme: “Hijo, ¿por qué no te apuntas conmigo a la San Silvestre? ya no hacemos nada juntos. ¡Será divertido!”. ¿Por qué no le habré hecho caso cuando aun estaba conmigo? Pero lo tenía decidido, dejaría atrás mi vagancia y este año correría la San Silvestre. Lo haría por él.
Los meses fueron pasando, así como las frustraciones de los primeros días. Intentaba dejar atrás los pensamientos negativos que me decían que no podía. La iba a terminar, se lo debía.
Cuando me quise dar cuenta ya era el día de la carrera. Los primeros kilómetros fueron duros, incluso se cruzó por mi mente la idea de abandonar, pero la sonrisa de mi padre me alentó a continuar. Al cruzar la meta no podía contener mis emociones, eran demasiado fuertes. ¡Lo había conseguido!