Su respiración se aceleraba a cada paso. Miró compulsivamente su pulsómetro de muñeca observando que marcaba más de ciento cincuenta pulsaciones. Su corazón podía reventar a ese ritmo en un rato. Pero no podía parar, ahora no. Solo estaba a tres calles del final de su recorrido. Ni tan siquiera los semáforos cerrados podían obligarle a parar. Se adentraba entre los coches atascados cambiando los peatones lentos y torpes por vehículos cuyos conductores se observaban estupefactos como si un loco hubiera cruzado ante ellos.
Dos calles más, tan solo dos. Subió el volumen de la música y apretó los dientes. Volvió a mirar sus pulsaciones. Casi ciento sesenta. Sentía el corazón latiendo casi en la campanilla, ahogando su respiración.
El último tramo iba a ser el peor. El semáforo de esa plaza era un nudo en la garganta de Salamanca siempre.
Solo tenía que dar un último acelerón y llegaría.