27 DE DICIEMBRE DE 2026

La mañana, pese a la agitación generalizada, había despertado triste. Su incesante llanto sobre los adoquines del Puente Romano había puesto en apuros a varios intrépidos. Carlos no fue una excepción; para quien arrastra una mochila tan sumamente pesada cualquier escollo representa un desafío.
La marcha a osados trompicones de este cuasi septuagenario contaba, como no, con aguerridos detractores – el delirio romántico soñador argüían −, y con partidarios entusiastas. Estos velaban por su entereza en las cuestas próximas a ese parque por el que gustaba pasear a tan afamado literato.
Las últimas zancadas fueron las más difíciles, no por cuestiones técnicas, sino porque, por paradojas de la vida, frente a esa parroquia fue donde se llevaron por delante a quien empujaba, su carga y motor. El milagro y la victoria, pese a todo, seguía siendo poder disfrutar de quien te espolea a someter jocosamente tus límites.