La mañana, pese a la agitación generalizada, habÃa despertado triste. Su incesante llanto sobre los adoquines del Puente Romano habÃa puesto en apuros a varios intrépidos. Carlos no fue una excepción; para quien arrastra una mochila tan sumamente pesada cualquier escollo representa un desafÃo.
La marcha a osados trompicones de este cuasi septuagenario contaba, como no, con aguerridos detractores – el delirio romántico soñador argüÃan −, y con partidarios entusiastas. Estos velaban por su entereza en las cuestas próximas a ese parque por el que gustaba pasear a tan afamado literato.
Las últimas zancadas fueron las más difÃciles, no por cuestiones técnicas, sino porque, por paradojas de la vida, frente a esa parroquia fue donde se llevaron por delante a quien empujaba, su carga y motor. El milagro y la victoria, pese a todo, seguÃa siendo poder disfrutar de quien te espolea a someter jocosamente tus lÃmites.