Hacía frío aquel fin de año. Lucía vestía las mallas, camiseta y medias térmicas, y encima el dorsal con el número 334. Iba a disfrutar de su actividad favorita, como todos los años. De pronto, le pareció verlo con el rabillo del ojo. “¿Sería él?”, pensó. Volvió a recorrer con la mirada la multitud que se apelotonaba en la casilla de salida y, de repente, lo vio. El muchacho del dorsal 124. De pronto, se escuchó el sonido que anunciaba el inicio de la carrera. Lucía comenzó a correr y decidió seguirlo. En la Glorieta de los Milagros, el muchacho se giró un segundo. Era él. Y lo tenía tan cerca que casi lo podía tocar. Alargó el brazo, pero justo en el momento en que lo tocó, la mano de Lucía se volvió translúcida y atravesó al muchacho, que siguió corriendo, como si nada hubiera pasado.