Con el dorsal 270, estiraba en el césped, cerca de la parroquia de San José, junto a un tipo grande de pelo cincelado y nariz prominente, un tal Constantino, según me dijo con voz firme y magnánima como si se tratara de un emperador romano, mientras mi padre, Rufino, saludaba desde el otro lado de la valla con ojos fraternales.
Supongo que dulcificado por las fechas y la estampa que componÃamos mi padre y yo, Constantino, el Grande, me instó a tomar posiciones junto a él y gracias a este encuentro, dirÃa yo que providencial, pasé a la historia.
No llegué a meta el primero, entré en el puesto 33, que es igual de importante en esta carrera, pero sà fui portada de la Gaceta de Salamanca con una fotografÃa, junto a tantos otros participantes, de la popular carrera que lleva mi nombre, Silvestre, y que enorgulleció a mi padre.