Faltaban solo 300 metros, me había hidratado de forma correcta, había estirado como me habían indicado, pero el abductor me la había jugado de nuevo. Cojeando, he tenido que parar. Con las manos en las rodillas, lloro con la impotencia de quien lucha por algo y no lo consigue, lloro de rabia por el esfuerzo sin recompensa, y de repente aparece mi salvador, mi príncipe, y desde entonces mi compañero. Ya han pasado 20 años y cuando llega el día de la sansilvestre salmantina lo recordamos juntos. Ese día él también paró. Nos conocíamos de vernos en el instituto pero no habíamos hablado nunca. Me ayudó a terminar la carrera, comprendiendo las ganas que tenía de llegar a la meta. ¡Cuánto cariño me demostró!. Ya nunca me separo de el. Cada año hacemos juntos el recorrido y juntos llegamos a la meta. Adelante, más veloces, nuestros hijos.