Al pasar por el puente romano mis piernas parecen contagiarse de la rigidez pétrea del verraco y, como él, me detengo, indeciso, sin saber adónde ir.
Boqueo como un pez jadeante, tratando de llevar algo de oxÃgeno extra a mis pulmones y, casi instintivamente, mis ojos se posan sobre el lecho del Tormes buscando sosiego y frescor en sus aguas.
Ninguno de los corredores se detiene; todos tienen prisa por llegar a la meta, incluso mi hijo y mi mujer que me animan cariñosamente a proseguir; mas permanezco abstraÃdo, refugiado en mis pensamientos, buscando un aliciente para continuar.
Desde su pedestal, la estatua me devuelve al momento presente, a una lucidez que únicamente la historia que habla a través de la piedra, la que se narra en los libros, la decantada a través de los siglos, sabe contar con sabia llaneza: solo los hombres que avanzan con determinación escriben esta.