Para Marcos, participar en la tradicional San Silvestre Salmantina constituÃa su anhelo nocturno, aquel que el trágico accidente del 98 le habÃa vedado alcanzar. Este año, sin embargo, estaba resuelto a culminar la carrera que tanto temor le habÃa infundido.
Con resolución en la mirada, Marcos se lanzó hacia adelante, avanzando pausadamente, pero sin permitir que nada lo detuviera. Los clamores del público retumbaban en su pecho, como un Ãmpetu más poderoso que el agotamiento. Paso a paso, kilómetro a kilómetro, sorteaba cada escollo, mientras la adrenalina lo propulsaba y el orgullo inflamaba su espÃritu.
Y antes de siquiera advertirlo, habÃa cruzado la meta, envuelto en aplausos y vÃtores. Marcos comprendió que no habÃa corrido solo: cada aliento a su alrededor habÃa sido parte de su vigor. SonreÃa exultante hasta el llanto, mientras sus manos, curtidas por el esfuerzo de maniobrar el aro impulsor, acariciaban su desgastada silla de ruedas.