27 DE DICIEMBRE DE 2026

Para Marcos, participar en la tradicional San Silvestre Salmantina constituía su anhelo nocturno, aquel que el trágico accidente del 98 le había vedado alcanzar. Este año, sin embargo, estaba resuelto a culminar la carrera que tanto temor le había infundido.
Con resolución en la mirada, Marcos se lanzó hacia adelante, avanzando pausadamente, pero sin permitir que nada lo detuviera. Los clamores del público retumbaban en su pecho, como un ímpetu más poderoso que el agotamiento. Paso a paso, kilómetro a kilómetro, sorteaba cada escollo, mientras la adrenalina lo propulsaba y el orgullo inflamaba su espíritu.
Y antes de siquiera advertirlo, había cruzado la meta, envuelto en aplausos y vítores. Marcos comprendió que no había corrido solo: cada aliento a su alrededor había sido parte de su vigor. Sonreía exultante hasta el llanto, mientras sus manos, curtidas por el esfuerzo de maniobrar el aro impulsor, acariciaban su desgastada silla de ruedas.