Don PÃo se calzó las zapatillas bajo la mirada crÃtica de todos ellos y salió a la calle entre murmullos reprobadores. “¿Dónde va, alfeñique, con esas patitas de alambre?â€, se burlaba la patrona de la pensión. “Hijo, correr tú… Siquiera tu hermano…â€, argüÃa su anciana madre. “Deja que haga el ridÃculo, mujer, asà aprenderáâ€, refunfuñaba el padre, ya difunto. Y su antiguo profesor de gimnasia: “Un fracasado: en el deporte y en la vidaâ€. Palabras coreadas por las risas de los compañeros.
Con semejantes moscardones flanqueándolo, nuestro hombre tomó la salida ―su primera San Silvestre―. Dio esquinazo a la patrona en la Plaza Mayor; sus progenitores quedaron rezagados en La Palma. En cuanto a profesor y secuaces, confundieron su camino en el Paseo de la Estación.
En fin: sin resuello, pero pundonoroso, don PÃo cruzó la meta aclamado por el público. Volvió la cabeza y suspiró, feliz: nadie lo seguÃa.