La veía practicar todas las tardes en el parque para el San Silvestre. Su esfuerzo me conmovía y sus ánimos me invitaban a dar lo mejor de mí. Nos encontrábamos a veces y podría jurar que ella también volteaba a mirarme… Aunque puede que haya sido una jugarreta de mi imaginación.
El día de la carrera salimos a la par. Dejé que se adelantara y la seguí de cerca durante todo el trayecto, más en la recta final aceleré. Por un segundo al ver su rostro y el destello de preocupación en sus ojos, dudé. Pero respetaba su esfuerzo y por eso no la iba a dejar ganar.
Al cruzar la meta ella se acercó a mí, sonrió y me dijo: «A veces cuando se pierde, se gana». Desde entonces practicamos juntos cada año. Ella sueña con ganar el primer lugar y yo con ganarme su corazón.