Diviso al objetivo a la altura del Puente Romano. La niebla me impide verle con claridad; no hay espacio para acercarse entre tanto corredor. El frío y el cansancio empiezan a hacer mella en mis piernas, pero el peso de la placa en mis pantalones me recuerda mi misión.
Al fin consigo aproximarme, fingiendo cansancio compartido.
—Ánimo, ya casi llegamos —digo entre jadeos.
El hombre gira su rostro brevemente; sus ojos, negros, se clavan en los míos.
—No se esfuerce tanto, agente —susurra sin aliento, esbozando una media sonrisa casi enigmática.
En ese parpadeo aflojo el ritmo, y el objetivo se esfuma entre la niebla.