Llegó al paseo de San Antonio. La mañana había amanecido fría y con una ligera capa de nieve que cubría el suelo. Preocupado, confío que no llegara a cristalizar. Se alineó con los participantes, aunque a cierta distancia, y se concentró visualizando el recorrido que se sabía de memoria. Minutos después sonó el disparo de salida de la sansilvestre salmantina.
Por el rabillo del ojo veía cómo los corredores le iban adelantando, pero no le importó. Se dijo que tal vez el año siguiente la artrosis le diera un respiro y podría llevar el ritmo del resto de participantes, igual que había hecho desde la primera edición. De momento se conformaría con terminar la carrera. Sujetó con fuerza el bastón y, esquivando espectadores, se dirigió a la meta