Se habÃa preparado como nunca y estaba listo: un año habÃa luchado contra las lesiones que lo habÃan perseguido desde la carrera anterior, en la que, por culpa de una caÃda, habÃa llegado a la meta rengueando y llorando desconsoladamente.
SabÃa que volverÃa, porque lo llevaba en la sangre: nunca habÃa faltado desde los diez años y esta serÃa su trigésimo quinta carrera mezclándose entre los entusiastas corredores. Estaba seguro de que nada iba a poder impedÃrselo, por más que hubiera escuchado hasta el cansancio que ya no le daban ni el cuerpo ni las piernas para semejante distancia y que era una locura lo que querÃa hacer, después de lo que le habÃa pasado.
Finalmente, el gran dÃa llegó… Y sus hijos, que lo habÃan acompañado, se sintieron muy orgullosos cuando dejó las muletas junto a ellos y se perdió entre los corredores que esperaban la señal de partida.