27 DE DICIEMBRE DE 2026

Llevo setecientos años sobre el Tormes y hoy, como cada treinta y uno de diciembre, siento el temblor en mis adoquines.
Antes eran legiones romanas. Después, peregrinos con sandalias de esparto. Luego carruajes que hacían crujir mis costillas de granito. Ahora son zancadas elásticas, miles de latidos sincronizados que me recuerdan que aún sirvo.
Mi compañera, la piedra del arco central, susurra: «Cada año pesan menos». Tiene razón. Los cuerpos se aligeran, pero las sombras que proyectan al cruzarme —esas sí— pesan como siglos. Traen todas las carreras que nunca corrieron, los abuelos que cargaron sacos de trigo donde ahora hay zapatillas de colores imposibles.
Un niño tropieza sobre mí. Su padre lo levanta sin detenerse, rumbo a la Plaza Mayor.
He visto caer imperios, levantar catedrales, morir lenguas. Pero esto —esto que llaman San Silvestre— es lo único que me hace sentir que mi nombre, Romano, todavía significa resistir.