La escarcha se abate sobre el rÃo Tormes. Y esos encajes de hielo atenazan los labios de los corredores, también sus pómulos, las sienes, su mirada. Nada que la emoción por el comienzo de la carrera no pueda disolver. El frÃo será quizá una anécdota al subir la cuesta del Palacio de Congresos, la voluntad trocará las azagayas de la escarcha en perplejas, sumisas trochas de sudor que resbalarán por la piel de los que compiten por la gloria, o por solidaridad, o por razones festivas, o por esa determinación que hace a los humanos cada vez más fuertes. La Plaza Mayor espera. También la bajada de San Pablo y el devenir milenario del Puente Romano. Luego acudirá el descanso a cobijarse entre la fatiga de tendones, músculos y coyunturas. El descanso y la satisfacción por tanto esfuerzo entregado a la ciudad de Salamanca.