El estrépito del disparo resuena en sus mentes. El gentÃo arranca casi arrollándolos, pero afortunadamente su esposo le sonrÃe y le aprieta la mano con cariño. “Vamos Aliciaâ€.
Los pantalones cortos dejan ver sus flacas piernas que apenas les sostienen en pie. Las miradas acuosas, los lacios cabellos blancos mecidos por el suave viento, las zancadas cortas, los cansados corazones desbocados y sincronizados.
Hace años que la mente de su esposa voló hacia tierras desconocidas pero cada año, siempre por estas fechas, los dos ancianos retoman la misma carrera que les lleva a recorrer las calles de su ciudad. El asfalto gris sustituye a los caminos de tierra, la algarabÃa de la multitud a la soledad silenciosa, los petos numerados a los chándales pasados de moda.
Sus vecinos esperan en la meta haciendo que sus sonrisas afloren en sus labios. Entonces la muchedumbre los aplaude como a auténticos campeones.