En cuanto suena el disparo, empiezo a correr. Me tiemblan las piernas a pesar de tantos meses de preparación. Ante el fracaso del «Plan A», decido cambiar de estrategia y me mimetizo entre la multitud participante en la San Silvestre Salmantina. Se respira un gran ambiente solidario, donde lo que prevalece es la deportividad. Sin querer, poco a poco, me voy viniendo arriba. Motivado por los gestos de compañerismo que observo a mi alrededor, acelero el paso. Parece que tengo alas en lugar de pies. Avanzo un puesto tras otro hasta alcanzar a los corredores de cabeza. Por primera vez, corro por una buena causa sin miedo a ser alcanzado. La euforia se apodera de mà y me lleva en volandas.
Al cruzar la meta, con los brazos en alto, celebro mi victoria. Ahora me alegro de haberme despojado por el camino del mono rojo y la careta de DalÃ.