¡Uf! Siempre que participo en esta carrera termino agotado y con muchos dolores musculares.
Hace algunos años, cuando llegaba a casa, mi madre me preparaba una taza de té, porque según ella, era capaz de curarlo todo, desde unas simples agujetas hasta la más profunda tristeza.
Mi padre aseguraba, que el mayor poder del mundo lo tiene el dinero y que cuanto más se atesore ¡mucho mejor! Después me obsequiaba con unas monedas para tratar de aliviar mis sufrimientos.
Cuando mi madre murió, él se metió en su cuarto, apagó la luz y sentí como lloraba. Jamás había visto así a mi padre y me empezó a faltar el aliento.
Llamé a su puerta y cuando me abrió, dejé en su mano una moneda.