Como en cada edición sé que debo avanzar sobre viejas pisadas para alcanzar mi propósito. En el recorrido miles de contrincantes, hombres adiestrados, mujeres dotadas de piernas torneadas con el sacrificio diario, todos retumbando sobre piedras toresas, bragancianas, mozárabes. Gargantas resecas bramando bajo puntas catedralicias que insinúan la gloria pretendida por Perigueux. Entre los aplausos de la Plaza Mayor alardean pechos agitados y rendidos, resoplando sin cadencia precisa, mentes confundidas que divagarán ante la mole de piedra con los reflejos maliciosos enviados por las aguas del Tormes. La cuesta de Moneo tararea su espíritu de rendición oculto tras cada adoquín, detrás de cada zancada precaria. No otorgaré un ápice a mis perseguidores obligándoles a correr como nunca lo hayan hecho hasta la Alamedilla.
Levanto la cabeza y a lo lejos reconozco la meta. Al fin. Por delante algunos. Pero persiguiendo mi estela muchos más, todos tan esforzados como yo.