En el interior de aquél cubÃculo, sólo la oscuridad y el silencio eran sus únicos acompañantes. Las dos compañeras se miraban, inmóviles, esperando que algún dÃa algo, lo que fuera, sucediera con ellas.
Con el prurito de servir a algún fin superior, anhelaban escapar y volver a respirar. Como antes.
Y asÃ, la incertidumbre se apoderó de sus vidas, hasta que una frÃa mañana, sin previo aviso, unas manos las tomaron con delicadeza.
Sin tiempo siquiera para comprender qué estaba pasando con ellas, llegaron a un lugar abarrotado de gente, que desordenadamente pero en silencio, aguardaban impacientes, hablando con sus miradas. Allà pudieron ver otras zapatillas que, como ellas, sonreÃan ilusionadas.
De repente, un estruendo se escuchó.
La carrera comenzaba.
La de sus vidas.
La de todas ellas.