Aunque mis hijos me recomendaron no hacerlo, me apunté a la San Silvestre y me fui para Salamanca. El dÃa de la carrera me descolgué enseguida del pelotón, y como no conocÃa la ruta, acabé en un descampado, en las afueras de la ciudad. A lo lejos vi a un hombre trabajando y me acerqué a preguntarle cómo regresar al circuito. Estaba muy atareado arrojando cosas a un pozo que parecÃa no tener fondo: desde smartphones a ministros pasando por patinetes eléctricos y algún que otro especulador de suelo público. Pregunté por qué lo hacÃa y él, a su vez, por qué corrÃa la San Silvestre. Me toqué la barriga y contesté que para aligerarla. Asintió con la cabeza y añadió que él lo que aligeraba era el mundo, para que el todo se quedase en algo razonable y el vacÃo se pareciera a asomarse a una azotea.