Le dijeron que estaba loco. Que no podrÃa participar en la San Silvestre y mucho menos acabarla. Le preguntaron si habÃa corrido alguna vez en su vida y no lo tomaron en serio.
Sólo su mejor amigo confiaba en él. Salieron juntos a correr todos los sábados por la mañana desde que pagaron sus dorsales. Cinco minutos más cada dÃa por la ribera del Tormes. Escuchando sus jadeos, sintiendo sus pisadas y su aliento próximo hasta el dÃa de la carrera.
La multitud que tomó la salida fue haciéndose cada vez menos numerosa y se fueron quedando cada vez más rezagados. Sin embargo, cuanto peor iban más los animaba la gente. No podÃan rendirse.
La meta se acercaba a cada zancada y el objetivo estaba próximo. FermÃn entró el penúltimo casi fuera de control. Portos, su fiel perro guÃa, frenó su carrera para dejarle pasar primero.