Mi disfraz causó sensación. Refuerza mi teoría que nadie se “fijara” en mí, que la televisión no me entrevistara, que ni agua me ofrecieran tras finalizar la carrera, aunque la pedí por favor. Sin duda, la envidia torturaba al resto de fatigados participantes, organización incluida. ¡Ay de ellos si hubieran sido tan originales como yo! ¡Ay de ellos que me ignoraban como si fuera un trozo de nada! La forma descarada que tenían de ofrecerme su chorreante espalda, de intentar que me sintiera inexistente, de hacerme el vacío como si fuésemos chiquillos en el patio del colegio en vez de personas corriendo al latir de un corazón, contribuía a llenarme de orgullo. Aún así, los perdono. La ética deportiva me lo exige, mi corazón me lo manda; sería injusto no hacerlo porque, ¿quién no ha deseado disfrazarse de hombre invisible?