PREPARADOS…LISTOS….
En el kilómetro dos, su figura se perdió en la multitud anónima y comencé a correr de manera inusitada, con vitalidad sin lÃmites.
Uno a uno, diez a diez, fui rebasando atletas y un simpático alimoche al costado del camino, me miraba azorado.
No habÃa sudor ni fatiga; apenas la incipiente taquicardia amenazante cuando el gentÃo encubrÃa su anatomÃa del alcance de mis ojos. Bien sabÃa yo que aquella sudadera grabada en mis retinas, el dÃa de la inscripción y que no pude olvidar, estarÃa camuflada en un arco iris multicolor disfrazado de borroso crepúsculo.
Un raudo keniata, ante mi voracidad ganadora, debió apartarse en la instancia final.
Abruptamente, alguien abrió las ventanas de la habitación y la luz prepotente me cegó, cuando mi madre me espabiló dejando el desayuno a mi lado, solo un rato antes de la largada.