Como cada uno de enero, ahí estaba, pegada sobre la puerta del frigorífico la lista de propósitos para el año nuevo. Sabía que para junio el papel empezaría a estar sucio y arrugado y como cada año acabaría en la basura junto a todos sus propósitos.
Siempre celebraban el inicio del año en su casa y cuando todos se iban volvía a mirar la lista. Este año alguien había añadido: “Correr la San Silvestre Salmantina. Te recojo mañana a las diez”.
Y así con un proyecto ajeno, que parecía imposible de cumplir, comenzó el cambio. La meta, los 10 kilómetros, tenían una fecha: último domingo del año.
El principio fue difícil, correr unos metros era un tormento, pero para diciembre correr era libertad. La lista que aún seguía en la puerta del frigorífico le recordaba cada día que lo importante era dar el primer paso y continuar con el segundo.