El estómago se le retorcÃa de hambre, pero siguió corriendo. No querÃa ser el tonto que pierde su primera carrera por quedarse dormido y salir sin desayunar. Lo impulsaba el ferviente deseo de llegar a la meta y sentarse a comer con el orgullo de haber hecho una buena carrera.
Pasaron diez kilómetros en completa angustia y, sin saber cómo, se encontró de pie sobre un podio con una medalla de oro colgada en el cuello.
Pero ahora el hambre era tal que luchaba por no desmayarse. Se bajó del podio, se quitó a la multitud de encima y corrió hasta encontrar una cafeterÃa. Al ver los pasteles calientes se le hizo agua la boca, pero al llevarse la mano al bolsillo vio que no traÃa dinero.
Sin poder resistir un segundo más, se arrancó la medalla del cuello y se la entregó a la mesera.
—Pagaré con esto.