Goloso de aventura, el escritor se informó sobre la San Silvestre y, entre anécdotas y laureles, encontró la historia del atleta inverosÃmil que, tras laborioso sedentarismo, pretendÃa pagar la promesa hecha a sus dioses Ãntimos: si frenaban el cáncer de su pequeña, nada le pararÃa hasta la meta. Le cumplieron; ahora debÃa hacerlo él.
El dÃa llegó trotando. Los corredores parecÃan segadores de aplausos entre surcos de salmantinos. Con más sudor que ideas, el escritor buscaba cómo tachar los calambres. Apuraba las zancadas cuando apareció a su lado un rival, pleno de libras y huérfano de pulmones, que le desafiaba descaradamente sobre el asfalto.
Enseguida lo reconoció: era el hombre de la promesa. Fingió ajustar una zapatilla. Lo vio achicarse rumbo al objetivo. Ninguno de los dos ganarÃa trofeo, pero él sintió que nadie tenÃa derecho a disputarle un lugar al campeón que buscaba el abrazo de su hija.