27 DE DICIEMBRE DE 2026

Ismael corría los últimos metros de la San Silvestre casi sin fuerzas y con los pulmones a punto de estallar por el esfuerzo. Su corazón parecía querer salirse por la boca, pero tampoco importaba. La línea de llegada estaba a solo veinte metros. No iba a ganar, ni siquiera estaría entre los doscientos primeros, pero le daba lo mismo porque su guerra era otra. Cuando estaba a punto de cruzar la meta, algo inesperado sucedió. Todo se difuminó a su alrededor, como si se volatilizara por arte de magia.
Ismael abrió los ojos y se encontró de nuevo en la cama de su habitación, todavía convaleciente del accidente de tráfico que había sufrido hacía dos meses y que le había costado una pierna. Miró el muñón y se prometió que al siguiente año participaría en la carrera, aunque fuera en una silla de ruedas.