Ismael corrÃa los últimos metros de la San Silvestre casi sin fuerzas y con los pulmones a punto de estallar por el esfuerzo. Su corazón parecÃa querer salirse por la boca, pero tampoco importaba. La lÃnea de llegada estaba a solo veinte metros. No iba a ganar, ni siquiera estarÃa entre los doscientos primeros, pero le daba lo mismo porque su guerra era otra. Cuando estaba a punto de cruzar la meta, algo inesperado sucedió. Todo se difuminó a su alrededor, como si se volatilizara por arte de magia.
Ismael abrió los ojos y se encontró de nuevo en la cama de su habitación, todavÃa convaleciente del accidente de tráfico que habÃa sufrido hacÃa dos meses y que le habÃa costado una pierna. Miró el muñón y se prometió que al siguiente año participarÃa en la carrera, aunque fuera en una silla de ruedas.