—¿Adónde vamos?
—Al San Silvestre.
Caí de rodillas.
La invernal penumbra. Las caras serias. Las terroríficas canciones. Los discursos lapidarios. Los silencios perturbadores solo rotos por los gritos de aquellos que, como yo, se veían incapaces de soportar por más tiempo esfuerzo semejante.
Lloré desolado.
Minutos después, cabalgaba a hombros de mi padre, entre una multicolor marea de sonrisas y números en el pecho.
—¡Papá, papá!
—Dime, cariño.
—¡Quiero ir a esta misa todas las semanas!