Me encuentro en el Paseo del Rollo, precedido por centenares de
corredores; queda muy poco trecho para el final. Detrás de mí, no veo a
nadie, quizá ocupe el último lugar de la carrera. No importa. Estoy cerca de
la victoria. Demostraré hasta la más recóndita de mis células que albergo la
suficiente vida para aspirar a participar en la próxima San Silvestre
Salmantina…
Doscientos metros, sólo doscientos… Me falta el aliento, las piernas
me flaquean, la mirada se me nubla; pero he de llegar… Aún queda público
apostado en los bordes de la calzada, parece que animan a alguien, los que
están al otro lado de la meta aplauden con entusiasmo… ¿A quién? ¿A mí? Sí.
Tengo sesenta años y padezco cáncer, pero estoy vivo, mis células lo saben.
Mañana quizá también viviré, y pasado y el otro… Puedo hacerlo. Gracias, San
Silvestre, por acompañarme en esta carrera.