Desbarató cajones, sujetó sus empeines con las manos -talón rozando el trasero-, declinó la tentación de otras ofertas para ese último pétalo del año, se probó cintas al no pelo, muñequeras tenÃsticas, zapatillas acartonadas.
Ante el espejo se vio torpe como un astronauta en un guateque.
Se armó de valor viendo videos en YouTube de Carl Lewis, de Michael Johnson, de Abel Antón. Dos dÃas antes de la carrera paseó durante casi una hora cercando el rÃo, temprano, arrecido de frÃo, apretando el paso, sorprendido por la tibieza de la gasa de vaho en su rostro.
Su mujer sintió su excitación durante todo el dÃa de la carrera, le animó, quiso corregirle el vestuario, reanudó besos de otro tiempo.
En el punto de partida él sorprendió entre el público la mirada de admiración de su hija. Con un salto de batracio inauguró, sin saberlo, su nueva vida.