A un kilómetro de la meta, un latigazo cruzó mi gemelo. San Antonio parecía una colina. «¡Queda nada, saco fuerzas como sea!»
Un chavalillo mojaba sus zapatillas gastadas. De un salto, desde la acera, se acercó: «¿Te duele mucho? ¡Queda poquito!» —dijo pícaro llorando. Le acaricié. «¿Por qué lloras? Recuerda, lo importante es disfrutarlo».
«Mi papá corrió con Chancleto, conoció a mi mami aquí; corrían juntos cada año. Yo esperaba, en el carrito, con la yaya». Suspirando, despacito, como cantando miró al cielo: «Allí corren ya juntitos con sus zapatillas nuevas; eso me dice mi abuela. Murieron este verano. ¡Pero mira: son de mi papi! ¿Las ves? Están desgastadas, un poco grandes me quedan: con ellas estrenaré mi San Silvestre primera. Todavía no puedo, mañana cumplo mis ocho diciembres largos. ¡Llevo una vida esperando! ¿Crees que estarán orgullosos?»
Le vestí con mi dorsal. «¡Vamos juntos, que te vean cómo vuelas!»