27 DE DICIEMBRE DE 2026

Mi ambición por ganar me aboca irremisiblemente a vender mi alma. El diablo acepta gustoso y sentencia: nada ni nadie lo impedirá. Un escalofrío me despierta bruscamente. Ha sido una pesadilla.
La carrera está en su último tercio, corro como nunca, mis piernas flotan y el cansancio no hace mella en mí. Por delante, cuatro. De repente, la pierna del corredor que me aventaja se dobla, el crujido me hiela la sangre. Veo, sorprendido, cómo el tercero abandona la carrera gritando sin motivo aparente, y al segundo desplomándose entre convulsiones. Solo un keniata se interpone en mi victoria. Pero, inesperadamente, su pie tropieza con la nada y cae al suelo. Entonces, recuerdo el sueño y comprendo, un halo de cordura eriza mi piel, le ayudo a levantarse y cruza la meta.
El keniata recibe su trofeo, yo recupero mi alma.

El cielo oscurece de súbito, un trueno retumba enfurecido. Sonrío.

Salvador Esteve