Tengo la cara cubierta de gotas de sudor que quizá se conviertan en estalactitas de hielo si me paro, si cedo a la tentación de no dar un solo paso más, una zancada tras otra para llegar a esa meta aún invisible, aún remota. Puedo volverme y correr hacia el fulgor de la Catedral o refugiarme bajo los soportales de la Gran Vía, entelerido y raquítico, como una figura extemporánea que los viandantes contemplarán con sorna; puedo huir ahora y perderme entre la multitud alborotada, pero sé que las piernas no me otorgarían ese final tan innoble que anhela el cerebro: cada nuevo impulso sobre el asfalto húmedo es automático, involuntario, exagerado. Apenas trato de desviar mi atención hacia los espectadores arracimados y descubro que mi cuerpo se ha emancipado de esta mente frágil que busca la claudicación, la renuncia o el abandono para no celebrar la victoria.