Llevaba meses preparándome. Por la mañana caminaba rápido y, por la tarde, estiraba. Así durante cinco meses, sin descanso.
Aquella mañana el espejo me devolvió la sonrisa. Cogí el dorsal y salí de casa. Diciembre se me antojaba más frío de lo habitual pero los nervios caldeaban mi cuerpo y mis ánimos.
Llegué a la plaza Mayor y allí, frente al ayuntamiento, logré entrever cómo la calle Zamora me hacía un guiño. Ella también estaba de mi parte.
Me situé ante la salida y apoyé mi muleta derecha para no cargar peso mientras aguardaba el pistoletazo de salida.
Esperé y, mientras tanto, pude ver cómo algunas miradas, tristes la mayoría y compasivas las demás, se posaban en la pierna que me faltaba.
Hice una “V” con mis dedos, dando a entender que no se preocuparan.
3,2,1 y allá íbamos todos. Llegaría más tarde que el resto pero iba a conseguirlo.