A cien metros de la meta, O´Hare, la maratoniana liebre, yacÃa más inconsciente que nunca. Buscando poses extremas para pavonearse en Instagram de su inminente y enésima victoria, sus contorsiones la habÃan desequilibrado. Tuvo tan mala suerte que su hueca cabecita impactó contra un vengativo bordillo. La atendÃan algunos sanitarios. El resto del mundo -periodistas, organizadores, patrocinadores, aficionados congregados en el Paseo de San Antonio- solo tenÃa ojos para su eterna rival, Vega, la tortuga del Tormes, quien avanzaba agónicamente, balanceando el dorsal pegado a su caparazón.
«Â¡Vaaamos, Vegaaa!», animaban entusiastas. «Nuestra tortuga… no se arruga», coreaban eufóricos.
Entonces los demás corredores alcanzaron un unánime pacto telepático: nadie se aprovecharÃa de la lesión leporina ni nadie cruzarÃa la raya antes que la criatura testudÃnea.
Mucho después, Vega abatÃa la cinta con un testarazo (Flashes. Confetis. Sirenas).
– Quod natura… dat, Salmantica multiplicat –sentenció categórica cual catedrática charra.