Con catorce sobresalía por mi arrolladora zancada en carrera. Muchos alababan mi talento innato y me auguraban un futuro prometedor. Pronto di el salto al circuito semiprofesional, donde mi delgadez me granjeo el sobrenombre de “radiografía”. Allí coseché triunfos holgados que me alentaron a continuar.
Antes de los dieciocho, mientras regresaba a casa, un coche embistió mi moto. Tras salir despedido por los aires, sentí cómo el impacto contra el suelo me astillaba los huesos. Postrado en la cama del hospital, el doctor me dio la noticia: ¡No volvería a competir! Durante meses, escuché a mi madre llorar a escondidas.
Y aquí estoy, siete años después y con doce kilos más, participando en una popular. Los calambres me mastican las piernas y debo detenerme un instante a vomitar, aunque no contemplo claudicar. Mi zancada es ahora espesa y renqueante, pero sigo conservando algo que nada ni nadie podrá arrebatarme jamás.