Me habÃa estado preparando durante varias semanas para participar en aquella San Silvestre Salmantina. Esperábamos la salida sintiendo la excitación previa, tratando de controlar la adrenalina y soportando los nervios que invadÃan desconsiderados nuestros cerebros. Fue en ese instante que nuestras miradas se cruzaron. No nos conocÃamos pero le retiré un hilo verde que descansaba en su cuello. Sonrió y extendió su mano para recogerlo. Me dio las gracias y dijo que su nombre era Raquel. Tuvimos aún unos minutos para una conversación llena de vericuetos y anécdotas exóticas hasta que dieron la salida. Nos despedimos hasta una próxima ocasión. Recorrà las calles junto a aquellos que configuraban conmigo el tirabuzón multicolor, enardecidos y disfrutando. Al llegar a la meta volvà a verla. Se colocaba con delicadeza el hilo verde sobre el cuello sin duda para que alguien pudiera ocupar durante unos instantes el lugar de su insufrible soledad.