¡Luces! ¡Música! ¡Aplausos! Salamanca brilla como un estallido de color, y él jadea como locomotora averiada, su respiración “bufa”. La barriga le baila y los gemelos gritan “¡basta!”.
Su primera San Silvestre… “¡Genial!”, se dijo al empezar.
—¿Quién me mandaría…? —susurra entre jadeos.
Los amigos le alientan: “¡Venga, arriba!”.
Se detuvo, manos en las rodillas. “No puedo…”, murmuró resoplando.
Entonces, girando el rostro, un escaparate navideño lo atrapa: gorro rojo torcido, casaca ajustada, pantalón estrecho, saco, luces brillando, una auténtica estampa de Papá Noel …agotado.
Un niño le señala: “¡Tú puedes, Papá Noel, No te rindas!”
Levantando el rostro, se coloca la barriga, inhala como dragón y dice:
“Papá Noel jamás se rinde… !ya verás alcanzaré a mis renos!”
Con un guiño y una inmensa sonrisa, ¡arranca!. Sus zancadas retumban en el casco antiguo. Salamanca ruge en aplausos, y allí mismo, al calor del cross silvestrino, nace una leyenda.