27 DE DICIEMBRE DE 2026

Comienzo la San Silvestre por esas calles plenas de embrujo. Giro levemente la cabeza para contemplar la imponente fachada de la Universidad Pontificia donde resuenan los ecos de las clases de antaño. Me invade una cascada de emociones. Han transcurrido treinta años desde que mis sueños vagaran por esos pasillos. Me ruborizo al pasar por la Casa de Las Conchas, testigo cómplice de mi primer amor. Bajo la tenue luz de las farolas imagino una carroza que porta una bella dama hacia su cita prohibida; los caballos al galope, el cochero embozado en su negra capa. Vislumbro la meta, el cansancio aparece, un último esfuerzo ante la estatua del que en otro tiempo anunciaba su regreso con aquel «decíamos ayer…». Sonrío y pienso: el tiempo no existe.