Todos los años, desde que es capaz de recordar, ha visto a su madre participar en la San Silvestre Salmantina. Doce años, uno detrás de otro, en los que terminaba diciembre corriendo, luchando por sacar adelante a su hija, por superar los golpes de su marido, por vencer al tumor, a los bancos, a la tristeza, a la vergüenza de tener que acudir a un comedor social. Corriendo cada año, siempre hacia delante, nunca mirando atrás, nunca desfalleciendo.
Ahora, con sólo cincuenta y cinco años, es su madre la que no es capaz de recordar. Es su madre quien no logra rememorar por qué corría una vez al año. Pero no importa. Ya no. Porque como en las buenas carreras de relevos, será su hija quien tome su lugar.
Y su madre mirará orgullosa, y tal vez hasta llorará. Aunque no consiga entender porqué lo está haciendo.